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The Perfect American

The Perfect AmericanThe Perfect American

El Teatro Real estrena una obra de encargo: “The Perfect American”, una ópera sobre la figura de Walt Disney, con música de Philip Glass. De aquí a hace un tiempo, el Real se ha propuesto innovar para no quedarse petrificado, tratando de no ser alcanzado por su pasado (lo que provocaría una auto-devoramiento). Así, hemos sido testigos de obras basadas en personajes como Marina Abramovic, y dentro de poco asistiremos a una versión del “Cosi fan tutte” de Mozart llevada a cabo por Michael Haneke (ese cineasta con la habilidad de contar cosas que el género humano ya tendría que saberse de memoria, pero que no se las sabe, al parecer…) en su dirección artística.

The Perfect American” se estrena este martes, por lo que esta tarde hemos asistido a un ensayo general de la misma.

La obra cuenta con dos atractivos: la baza asegurada de contar con la música de un compositor venerado y mitificado, y la polémica figura del protagonista del libreto, cuya vida real distó mucho de ese mundo maravilloso que trató de reflejar en sus películas.

Lo primero de todo, decir que he tenido mis quebraderos de cabeza acerca de esta cuestión: “¿Convendría escribir sobre esto o no?” Era consciente de que mis palabras no iban a ser en absoluto gratificantes, y yo siempre he sido de los que piensan que, para hablar mal, mejor no hablar. No obstante, no va a quedarse uno callado cuando las cosas no le parecen bien (y más cuando una crítica, tratando de hacerse de forma constructiva –y no echando bilis por la boca-, suele servir para hacer reflexionar, tratando de conseguir que las cosas progresen y no se queden anquilosadas en la auto-complacencia). Me gustaría comenzar primeramente con la partitura: Glass es de esos autores que ha logrado que su música adquiera su propia entidad, volviéndose perfectamente reconocible en cuanto se escuchan sus primeros compases. Hay quien dirá que el americano quizá ha pecado de composiciones excesivamente características, las cuales se nutren de sí mismas una y otra vez, dando lugar a mundo personal que a veces acaba volviéndose repetitivo. Yo no quiero meterme en esta cuestión, aunque reconozco que muchas veces me costaría discernir unas obras “glassianas” de otras. Pienso que, en este caso, la historia no daba para una ópera. Hay que tener en cuenta que nos ha tocado vivir en una época en que todo ha acabado por hacerse musicable. De repente, el mundo se ha vuelto un gigantesco Broadway ante el resurgimiento de musicales, y cualquier asunto parecía digno de una melodía con tal de sacar una rentabilidad de ello. Dudo mucho que incluso esta ópera hubiese funcionado como musical, porque… por no tener, no tenía ni los derechos de Disney (ni creo que se los hubiesen dado, ante la crítica que realiza del hombre que le dio su nombre). Las criaturas que surgen del universo del tío Walt en la ópera, son tristes sombras de las creaciones animadas originales, resultando incluso inquietantes. Éste es otro de los puntos delicados del asunto: la obra aspira a convertirse en un absoluto éxito debido a los componentes críticos que se emplean para hacer de Disney un Ecce Homo. La obra ha desembarcado en un país experto en despellejar al prójimo, en lugar de admirar las cosas que deben de ser admiradas. Así, el dibujante es descrito como un explotador, racista, conservador y carente de originalidad para crear. Si a alguien, después de esto, todavía le queda algo de ilusión por acudir a la función, diré una cosa más: Glass, ante la pregunta de un periodista sobre lo que pensaba acerca de su obra, contestó que no creía que volviese a hacer una ópera sobre Walt Disney.

La obra -que no deja de ser fruto de su época- resulta plana, con un texto falto de matices y una música de eternos recitativos. La segunda parte carece del contenido de la segunda, por lo que en su totalidad, da la impresión de un barco a la deriva, rumbo a una lenta agonía, como la del Disney dibujado (o caricaturizado) en ella.

Por último, la escenografía: en un principio, resultaba interesante el empleo de proyecciones sobre lienzos a modo de dibujos, pero a medida que la ópera a avanza, se va siendo consciente de que no se ha sabido aprovechar lo suficiente y acaba siendo un elemento visual mutilado, carente de un sentido completo.

 

Fuente imagen: http://59productions.co.uk/project/perfect_american

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